El otro día tenía delante a un par de ancianas (sí, lo confieso, estaba en Misa, donde están las abuelas) y me estuve fijando en ellas. Tengo cierta curiosidad por todo lo referido a las personas mayores por gran cantidad de motivos.
Una de las razones, en la que pensaba la semana pasada, es el hecho indudable de que en esa edad uno sabe que, siguiendo las leyes de la naturaleza, está “en primera línea de batalla”. Vamos, que la muerte, como mínimo, está cerca. Claro que eso explica el hecho de que llegando a cierto cumpleaños nos comenzamos a plantear más en serio lo de ir a Misa y entonces las iglesias se atiborran de gente de la misma generación.
Pero, dejando de lado eso, ¿cómo debe ser saber que efectivamente tu tiempo se acaba? Te vas dando cuenta de que tu cuerpo no tiene nada que ver con el cuerpo joven que te ha acompañado a lo largo de tu existencia, necesitas la ayuda de otros para realizar multitud de cosas.
A veces pienso en ello, pienso en la muerte. Algún día me llegará a mí también. ¿Cómo será? La verdad es que da miedo, por lo menos a mí, aunque hasta cierto punto. Yo...debajo de la tierra, sola, sin ni darme cuenta de donde estoy. ¿Habrá algo después? ¿Qué? ¿Un jardín lleno de mujeres para ti (versión musulmana –creo-), una existencia diferente reencarnado en otro ser, quizá un Dios cercano y bondadoso esperándote con los brazos abiertos?
Me doy cuenta de que muchas veces ni caigo en la cuenta de que la vida no es para siempre. Claro que tampoco vamos a andar amargándonos el día pensando en que en un momento determinado… ¡bye, bye! pero tampoco sería malo que reconsideráramos este tema de vez en cuando. Nos ayudaría. Nos haría darnos cuenta de que las decisiones que vamos tomando van a influir en conformar o no una existencia feliz en la que luego podamos sumergirnos para recordar. Nos ayudaría a apreciar más a cada persona que tenemos a nuestro lado, porque quizá luego no la tengamos. Nos haría ver que debemos aprovechar cada minuto nuestro para ser felices, para querer a los demás, para darnos, para dejar nuestra huella en este mundo que posteriormente abandonaremos. Y, quizás, nos replantearíamos el misterio de la vida, de dónde venimos, si iremos luego a otro lugar, si sería justo que unos seamos aquí dichosos y otro no y por qué. Vamos, le daríamos a nuestra ser un doble sentido, una doble significación.
El hombre no puede evitar su muerte, pero sí puede evitar el que sea en vano. ¿Por qué el ser humano no puede decidir enteramente sobre él mismo, estar por encima de la naturaleza? Todos morimos. ¿Por qué existimos si luego vamos a morir? ¿No suena a broma pesada y más en los casos en los que una vida se convierte en un infierno?
La existencia humana en algún momento dado tuvo que tener su comienzo ¿no? Sería absurdo pensar que desde siempre ha habido hombres, un principio hubo de haber. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué? El hombre va evolucionando, se suceden las distintas etapas de la historia, pasan por este mundo millones de personas que luego mueren y de las que nadie se acuerda. Y todo va quedando atrás. De los que hoy vivimos no quedará ninguno dentro de 150 años. Y seguirán pasando los años y la vida que creímos fue tan bonita o tan divertida queda enterrada por el paso del tiempo. ¡No tiene sentido! ¡Tiene que haber “algo” de fondo, algo que confiera sentido al interior de todas las personas que han habitado el mundo. Sería ruin que las vidas pasaran y pasaran simplemente ¡porque pasan!
¿Por qué no buscar respuestas?