Ya es de noche. Hace rato que anocheció. En silencio y desde lejos, una estrella me observa. No parpadea, no se mueve, ¡qué sola está!
¡Qué noche tan profunda, qué bella!¡Qué silenciosa y, a la vez, qué musical! Hablan los grillos, bailan los astros, susurran los árboles…y allá, al fondo, muy arriba, hay mil estrellas que siento me miran desde su lejana quietud.
Misteriosa noche serena que nos trae paz al interior, que nos enseña el esplendor de los más pequeños detalles de Dios, quién la engalana para aquel insignificante enamorado que se asoma a su ventana a escuchar los consejos que a su corazón mandan los luceros.
Maravilloso amor que en la soledad de una noche melancólica da fuerzas al alma y hace desear la compañía sincera del otro, para observar juntos la bóveda cristalina del universo y para contarle al cielo la infinidad de su amor.
¡Qué pequeños somos ante la inmensidad del mundo! ¡Cuántas lecciones se pueden aprender en la soledad, en la espera incansable, que hacen crecer nuestra esperanza de sentirnos libres amando!
¿Quién dijo que el hombre no es libre? Contempla la noche maestra como la contemplo yo y deja que te hable al oído, deja que te inunde de ansias de volar. Porque comprenderás que en el abismo que hay entre las estrellas y tú solo están tus ilusiones y tus sueños que te convertirán en uno de esos luceros que brillan con luz propia en el anochecer.
Silenciosa oscuridad que pasa inadvertida y se va, que deja poso y no vuelve atrás, que nos hace importantes ante nuestra pequeñez, que nos roba las palabras y nos hace reflexionar.
La noche nos hace desear la claridad del día, el día la plenitud de la noche pero… ¿quién puede evitar que al anochecer cante nuestro corazón porque siente en sus anhelos la necesidad del amor, de esperarlo, de aguardarlo con la llama de la fe encendida? ¿Quién puede evitar que al anochecer nuestro corazón se agrande, y sea reclamado por el recuerdo de la mirada limpia que un día lo encendió?

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